DiCaprio aúlla en la gamberra El Lobo de Wall Street

Drogas. Sexo. Alcohol. Fiesta. Dinero. Y más drogas y sexo. Junto a un inconmensurable Leo DiCaprio, estos son los ingredientes sobre los que se sustenta ‘El lobo de Wall Street’, un excéntrico y travieso relato sobre un corredor de bolsa cegado por el poder y dinero inmediato que puede hacer con sorprendente rapidez, estafando de paso a todo el que se cruce en su camino (¿debería decir llamada?) y seguir así incrementando su fortuna.

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Una vez conseguido ese, su principal objetivo, Jordan Belfort y su manada de lobos parecen empeñados en desahogar todo el estrés que les supone estafar a pobres incautos en exageradas y desmesuradas fiestas, no solo por la magnitud de estas sino también por las excentricidades que cometen sus anfitriones.

Martin Scorsese da un salto cuantitativo, que no cualitativo al trasladar su visión de la corrupción en América de los suburbios neoyorkinos a las altas esferas de Wall Street para demostrar que ni el más rico ni el más listo es inmune a las tentaciones que el dinero puede cubrir y de la perversión que éste puede hacer incluso con alguien aparentemente honrado.

Todo en esta sátira resulta loco, excesivo. Desde las fiestas a la eléctrica actuación de Leonardo DiCaprio. Incluso el genio de Scorsese, con una dirección enérgica es capaz de reflejar en el ritmo del film, el ritmo de vida de los protagonistas.

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Aunque rece el «basado en hechos reales» y siendo consciente de las locuras de quien alcanza el poder sin el mínimo esfuerzo, dudo que las juergas del Jordan Belfort real fuesen tan esperpénticas como el gran maestro de Marty nos quiere hacer creer.

Película divertida, desfasada y muy gamberra. El metraje, excesivamente largo para un film empeñado en mostrar una y otra vez diversas formas de despilfarrar, mantiene por contra al espectador inmerso en lo que sucede en la pantalla, como si nunca se hubiese corrido una juerga. Y si algo se le puede reprochar al director es el enaltecimiento del protagonista, esa especie de redención al final que deja la sensación de algo inmerecido.

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Carta de Scorsese a su hija sobre el futuro del cine

Querida Francesca.

Te escribo esta carta para hablarte del futuro. Lo veo a través de la lente de mi mundo. A través de la lente del cine, que ha estado en el centro de ese mundo.

Durante los últimos años me he dado cuenta de que la idea del cine con la que crecí, la idea que reside en las películas que te he mostrado desde que eras niña y que estaba tan en boca de todos cuando comencé a rodar, se acerca al final. No me refiero a las películas que ya se han hecho. Me refiero a las que están por venir.

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No quiero causarte inquietud. No escribo estas palabras con espíritu derrotista. Al contrario, creo que el futuro es brillante.

Siempre supimos que las películas eran un negocio y que el arte del cine es posible al haberse alineado con las condiciones económicas. Ninguno de nosotros, los que comenzamos en los años 60 y 70, nos hacíamos ilusiones en ese sentido. Sabíamos que tendríamos que trabajar duro para proteger lo que queríamos. También sabíamos que quizás tendríamos que atravesar períodos difíciles. Y supongo que, a cierto nivel, nos dimos cuenta de que tendríamos que enfrentarnos a un momento en el que cada elemento impredecible en el proceso de hacer películas acabaría minimizado, casi incluso eliminado. ¿Y cuál es el elemento más impredecible de todos? El cine. Y la gente que lo hace.

No quiero repetir lo que han dicho y escrito otros antes de mí, sobre los cambios en el negocio. Y me alienta la existencia de excepciones a la tendencia cinematográfica general — Wes Anderson, Richard Linklater, David Fincher, Alexander Payne, los Hermanos Coen, James Gray y Paul Thomas Anderson están consiguiendo hacer sus películas, y Paul no solo consiguió rodar The Master en 70mm, sino que consiguió exhibirla de esta forma en algunas ciudades. Cualquiera que se preocupe por el cine debería mostrarse agradecido.

Me conmueven también los artistas que consiguen hacer sus películas en todo el mundo, en Francia, en Corea del Sur, en Reino Unido, en Japón, en África. Cada vez es más difícil, pero siguen haciendo películas.

No creo, sin embargo, que esté siendo pesimista cuando te digo que el arte del cine y del negocio de las películas se encuentran ahora en una encrucijada. El entretenimiento audiovisual y lo que conocemos como cine –imágenes en movimiento concebidas por individuos– parecen ir encaminados en direcciones diferentes. En el futuro, probablemente, verás cada vez menos de lo que reconocemos como cine en las multisalas y más y más de él en pequeños cines, on line y, supongo, en espacios y circunstancias que no puedo predecir.

Entonces, ¿por qué el futuro es tan brillante? Porque por primera vez en la historia de esta forma de arte, se pueden hacer películas por muy poco dinero. Algo absolutamente insondable cuando yo crecía, y las películas de presupuesto extremadamente bajo siempre han sido la excepción, en lugar de la regla. Ahora es al revés. Puedes crear hermosas imágenes con cámaras que te puedes permitir. Puedes grabar sonido. Puedes montar, mezclar y hacer corrección de color desde tu casa. Todo eso es ahora posible.

Pero con toda la atención que se está depositando en la maquinaria de la creación de películas y en los avances que nos han llevado a una revolución cinematográfica, hay que recordar una cosa importante: las herramientas no hacen la película, la haces tú. Es liberador coger una cámara, empezar a rodar y juntarlo todo con Final Cut Pro. Pero hacer una película, la que tú necesitas hacer, es otra cosa. Y ahí no existen los atajos.

Si John Cassavetes, mi amigo y mentor, siguiera vivo hoy, estaría empleando con toda seguridad todo el equipo que hay disponible. Pero me diría lo mismo que me ha dicho siempre — tienes que estar absolutamente dedicado al trabajo, dar todo lo que puedas de tí mismo, y proteger la chispa de la conexión que te llevó a rodar la película en un primer momento. Tienes que proteger esa chispa con tu vida. En el pasado, como las películas eran tan caras, la protegíamos contra el cansancio y los compromisos. En el futuro, tendrás que protegerla de otro factor adicional: la tentación de seguir la corriente y permitir que la película derive, y naufrague.

No es solo una cuestión de cine. No hay atajos para nada. No digo que todo tenga que ser difícil. Solo digo que la voz que te da la chispa es tu propia voz – esa es la luz interior, que dijeron los Cuáqueros.

Esa eres tú. Esa es la verdad.

Con todo mi amor,

Papá.