Inocencia interrumpida, de James Mangold

Susanna es una adolescente que tal y como corresponde a su edad está confusa y perdida, es diferente a otras de su entorno, y ello la convierte en una inadaptada social. Un serie de comportamientos la llevarán a ser diagnosticada con trastorno de la personalidad y consecuentemente ingresará en el Hospital Claymoore. Allí conocerá a chicas de su edad con las que compartirá multitud de momentos en el sanatorio y que la ayudará a afrontar su problema y entenderlo y así, entenderse a sí misma.

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A pesar de lo contundente de la propuesta, ésta se torna algo difusa en la puesta de escena, no termina de explotar temas como la locura sino que e limita a mostrar el cambio de actitud de la protagonista y su amistad con las demás internas, algún que otro consejo aleccionador de la enfermera que encarna Woopi Goldberg y un sótano con sorpresa. Ni siquiera aborda eficazmente el tema del suicidio sino que lo espeta y poco más.

Angelina Jolie se valió de la interpretación del papel de Lisa para alzarse con el Oscar a mejor actriz secundaria. Si es o no justo no me corresponde a mi juzgarlo pero sí diré que la personalidad de la actriz norteamericana sigue presente en todo momento.

En fin, personajes desdibujados y actrices que ‘se lucen’ gracias a papeles exagerados.

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Hubiese dado más de sí si hubiesen abordado la locura desde otra perspectiva, más profunda, que implicase al respetable más de lo que lo hace una historia de adolescentes que viven en un manicomio. Típicamente a la americana.

Por fortuna la protagonista, una escuálida Winona Ryder, supera su trastorno de personalidad conociéndose realmente a sí misma después de enfrentarse a sus miedos e inseguridades y es que, ¿quién dice que la locura no se puede curar? Como dijo Enrique Heine «la verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca».

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Jasmine, ‘Blue Jasmine’.

¿Cómo afecta el dinero a la personalidad, a las relaciones, a la vida y a la manera de vivirla?

Woody Allen elige el momento más oportuno para dibujar las consecuencias de algo tan útil como peligroso como puede ser el dinero. Éste es el hilo conductor de una trama que se centra en los estragos que dependiendo de su uso se derivan.

Janet (Cate Blanchett) y Ginger (Sally Hopkins), dos hermanas adoptivas, no pueden ser más diferentes. La primera, más resuelta, se casa con un hombre rico y se vuelve sofisticada y superficial, con la vida solucionada mientras la segunda, más conformista e insegura, sobrevive de tropezón en tropezón envuelta en relaciones amorosas de lo más estrafalarias.

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Lo intrincado de la trama comienza cuando envuelto en un escándalo de estafas y corrupción el marido (Alec Baldwin) de Janet (que ya por ese entonces se hace llamar Jasmine, nombre más «cool», como ella) ingresa en prisión y se suicida. La vida de Jasmine da un giro de 360 grados y dados los acontecimientos se desencadena en ella una crisis nerviosa bastante potente que la domina, pierde la cabeza, habla sola e incluso revive situaciones de su pasado (mediante continuos flashbacks que hacen el relato algo pesado) en momentos de lo más inoportunos. Vamos que está loca, situación idónea para atiborrarse a pastillas y trastornarse del todo, si no lo estaba ya. En ese momento, decide acudir a su hermana.

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Lo más interesante de la película del genio de Allen (sí señores, parece que el antiguo Woody ha vuelto) es sin duda la relación entre ambas hermanas. Muchas veces, cuando alguien triunfa o posee de repente considerables sumas de dinero olvida de dónde vino, quién y cómo la crió y de la supremacía de los lazos familiares frente a amistades vacuas y vacías, basadas básicamente en las apariencias. Ese es el caso de la diva de Jasmine, que no duda en dar la espalda a su hermana o avergonzarse de ella. Pero tampoco le tiembla la mano a la hora de acudir a ella cuando se ve perdida y sola. También es costumbre para ella reprocharle la mala elección de sus relaciones amorosas (Bobby Cannavale) y la anima a no conformarse y buscar alguien que la merezca (esto es, por supuesto, que haga lo que hizo ella, buscar a un hombre rico que la mantenga. Para qué tener inquietudes, siendo una mujer florero se vive genial). Y la mansa de Ginger se deja influenciar.

Así se tornan los papeles y Ginger, haciendo caso a su hermana, se enfrasca en relaciones que pueden permitir que viva una vida mejor de la que visualizaba a su alcance. Pero para su sorpresa, se percata de que lo que su hermana tacha de conformismo es quizás esa nueva vida en la que se sumerge y tras un golpe de realidad (no spoilearé nada al respecto, solo diré que tiene que ver con Louis C. K) se replantea su situación y vuelve a lo conocido. Mejor bueno conocido que malo por conocer. Y así ella es feliz, ya no es «mansa» sino que cuando no está de acuerdo se lo rebate a su hermana.

Cate Blanchett in Woody Allen's Blue Jasmine

Por otro lado, Jasmine dado su inutilidad para soportar cualquier tipo de banal trabajo, teje una red de mentiras mientras corteja a un hombre (Peter Sarsgaard), para cazarlo y volver a vivir de la manutención de su pudiente amor.

Sin desvelar el final de la trama, diré que Woody Allen con pinceladas del sutil pero mordaz sentido de humor que antaño fuera una de sus señas de identidad más características, concluye con un final moralizador, dando a cada uno lo suyo.

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Lo mejor de la película es una perfectamente crispada y neurótica Cate Blanchett, que con el Oscar prácticamente en su bolsillo por dar vida a esta mujer, no cesa en sus aspavientos de loca, pero no de una loca cualquiera, de una entrañable, que a ratos da lástima, a ratos odias y con la que a ratos incluso empatizas. 

Sally Hopkins no se queda atrás y sabe cómo darle la réplica, y lo hace bien pero desafortunadamente cuando comparten escenas se ve relegada a un segundo pero honrado plano.