Jasmine, ‘Blue Jasmine’.

¿Cómo afecta el dinero a la personalidad, a las relaciones, a la vida y a la manera de vivirla?

Woody Allen elige el momento más oportuno para dibujar las consecuencias de algo tan útil como peligroso como puede ser el dinero. Éste es el hilo conductor de una trama que se centra en los estragos que dependiendo de su uso se derivan.

Janet (Cate Blanchett) y Ginger (Sally Hopkins), dos hermanas adoptivas, no pueden ser más diferentes. La primera, más resuelta, se casa con un hombre rico y se vuelve sofisticada y superficial, con la vida solucionada mientras la segunda, más conformista e insegura, sobrevive de tropezón en tropezón envuelta en relaciones amorosas de lo más estrafalarias.

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Lo intrincado de la trama comienza cuando envuelto en un escándalo de estafas y corrupción el marido (Alec Baldwin) de Janet (que ya por ese entonces se hace llamar Jasmine, nombre más «cool», como ella) ingresa en prisión y se suicida. La vida de Jasmine da un giro de 360 grados y dados los acontecimientos se desencadena en ella una crisis nerviosa bastante potente que la domina, pierde la cabeza, habla sola e incluso revive situaciones de su pasado (mediante continuos flashbacks que hacen el relato algo pesado) en momentos de lo más inoportunos. Vamos que está loca, situación idónea para atiborrarse a pastillas y trastornarse del todo, si no lo estaba ya. En ese momento, decide acudir a su hermana.

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Lo más interesante de la película del genio de Allen (sí señores, parece que el antiguo Woody ha vuelto) es sin duda la relación entre ambas hermanas. Muchas veces, cuando alguien triunfa o posee de repente considerables sumas de dinero olvida de dónde vino, quién y cómo la crió y de la supremacía de los lazos familiares frente a amistades vacuas y vacías, basadas básicamente en las apariencias. Ese es el caso de la diva de Jasmine, que no duda en dar la espalda a su hermana o avergonzarse de ella. Pero tampoco le tiembla la mano a la hora de acudir a ella cuando se ve perdida y sola. También es costumbre para ella reprocharle la mala elección de sus relaciones amorosas (Bobby Cannavale) y la anima a no conformarse y buscar alguien que la merezca (esto es, por supuesto, que haga lo que hizo ella, buscar a un hombre rico que la mantenga. Para qué tener inquietudes, siendo una mujer florero se vive genial). Y la mansa de Ginger se deja influenciar.

Así se tornan los papeles y Ginger, haciendo caso a su hermana, se enfrasca en relaciones que pueden permitir que viva una vida mejor de la que visualizaba a su alcance. Pero para su sorpresa, se percata de que lo que su hermana tacha de conformismo es quizás esa nueva vida en la que se sumerge y tras un golpe de realidad (no spoilearé nada al respecto, solo diré que tiene que ver con Louis C. K) se replantea su situación y vuelve a lo conocido. Mejor bueno conocido que malo por conocer. Y así ella es feliz, ya no es «mansa» sino que cuando no está de acuerdo se lo rebate a su hermana.

Cate Blanchett in Woody Allen's Blue Jasmine

Por otro lado, Jasmine dado su inutilidad para soportar cualquier tipo de banal trabajo, teje una red de mentiras mientras corteja a un hombre (Peter Sarsgaard), para cazarlo y volver a vivir de la manutención de su pudiente amor.

Sin desvelar el final de la trama, diré que Woody Allen con pinceladas del sutil pero mordaz sentido de humor que antaño fuera una de sus señas de identidad más características, concluye con un final moralizador, dando a cada uno lo suyo.

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Lo mejor de la película es una perfectamente crispada y neurótica Cate Blanchett, que con el Oscar prácticamente en su bolsillo por dar vida a esta mujer, no cesa en sus aspavientos de loca, pero no de una loca cualquiera, de una entrañable, que a ratos da lástima, a ratos odias y con la que a ratos incluso empatizas. 

Sally Hopkins no se queda atrás y sabe cómo darle la réplica, y lo hace bien pero desafortunadamente cuando comparten escenas se ve relegada a un segundo pero honrado plano.

DiCaprio aúlla en la gamberra El Lobo de Wall Street

Drogas. Sexo. Alcohol. Fiesta. Dinero. Y más drogas y sexo. Junto a un inconmensurable Leo DiCaprio, estos son los ingredientes sobre los que se sustenta ‘El lobo de Wall Street’, un excéntrico y travieso relato sobre un corredor de bolsa cegado por el poder y dinero inmediato que puede hacer con sorprendente rapidez, estafando de paso a todo el que se cruce en su camino (¿debería decir llamada?) y seguir así incrementando su fortuna.

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Una vez conseguido ese, su principal objetivo, Jordan Belfort y su manada de lobos parecen empeñados en desahogar todo el estrés que les supone estafar a pobres incautos en exageradas y desmesuradas fiestas, no solo por la magnitud de estas sino también por las excentricidades que cometen sus anfitriones.

Martin Scorsese da un salto cuantitativo, que no cualitativo al trasladar su visión de la corrupción en América de los suburbios neoyorkinos a las altas esferas de Wall Street para demostrar que ni el más rico ni el más listo es inmune a las tentaciones que el dinero puede cubrir y de la perversión que éste puede hacer incluso con alguien aparentemente honrado.

Todo en esta sátira resulta loco, excesivo. Desde las fiestas a la eléctrica actuación de Leonardo DiCaprio. Incluso el genio de Scorsese, con una dirección enérgica es capaz de reflejar en el ritmo del film, el ritmo de vida de los protagonistas.

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Aunque rece el «basado en hechos reales» y siendo consciente de las locuras de quien alcanza el poder sin el mínimo esfuerzo, dudo que las juergas del Jordan Belfort real fuesen tan esperpénticas como el gran maestro de Marty nos quiere hacer creer.

Película divertida, desfasada y muy gamberra. El metraje, excesivamente largo para un film empeñado en mostrar una y otra vez diversas formas de despilfarrar, mantiene por contra al espectador inmerso en lo que sucede en la pantalla, como si nunca se hubiese corrido una juerga. Y si algo se le puede reprochar al director es el enaltecimiento del protagonista, esa especie de redención al final que deja la sensación de algo inmerecido.

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